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jueves, 25 de septiembre de 2014

Principios para el diseño de políticas para la Gran Transformación


“If your house is on fire, you don’t look to put in a new smoke alarm, you call the fire brigade. Unfortunately there is not yet the acceptance that the house is on fire.”

“Si tu casa se quema, no buscas poner una nueva alarma de humos, llamas a los bomberos. Desafortunadamente no existe todavía la aceptación de que la casa se quema”

Leí esta frase en un documento de economía ecológica y me pareció una descripción adecuada de nuestra realidad porque siempre el primer paso es darte cuenta del problema que tienes. Ante una casa en llamas puedes optar por seguir el refrán y calentarte o, intentar apagar el fuego y salvar lo máximo posible.

Ultima Llamada y la Gran Transformación

Recientemente se publicó el manifiesto “Ultima llamada” donde se busca dar un toque de atención para que la opinión pública tome conciencia del problema que debe ser enfrentado con determinación y sin más demora.

Desde la asociación “Autonomía y Bienvivir” hemos querido contribuir al esfuerzo de divulgación mediante una propuesta para la “Gran Transformación” que ha sido publicado en el popular blog que dirige Antonio Turiel “The Crash Oil”.

Sobre la base de la citada propuesta y, a título individual, pero siguiendo el espíritu que la anima he redactado esta entrada para profundizar en un debate necesario, centrándome en temas de carácter metodológico por lo que se refiere al diseño de políticas económicas encaminadas a la transformación propuesta.

Escala óptima

Daly y Farley (2004) proponen un serie de principios de diseño para políticas que permitan pasar de una economía que fracasa en el crecimiento a una economía que reconoce su escala óptima como una subesfera de la biosfera.

La economía ecológica impone que en primer lugar se debe determinar, aunque sería mejor utilizar tantear, la escala óptima de la economía. Ello requiere como primer paso, reconocer que el crecimiento económico medido como actividad bruta en términos de PIB se realiza a costa de la naturaleza y, que tiene, en consecuencia, un coste de oportunidad. Si somos capaces de entenderlo, automáticamente debe existir una regla de cuando parar, ya que más allá de ese punto el crecimiento es antieconómico (los costes superan a los beneficios). Daly (2007) describe esa regla de la siguiente forma:

Nuestra política sería parar de crecer cuando los costes marginales igualan a los beneficios marginales. O si quisiéramos mantener el esquema de cuentas nacionales de partida única, podríamos adoptar el concepto de renta del economista, premiado con el Nobel, J.R. Hicks; es decir, la máxima cantidad que una comunidad puede consumir en un año, y ser todavía capaz de producir y consumir la misma cantidad el año siguiente. En otras palabras, la renta es la máxima cantidad que se puede producir manteniendo la capacidad productiva (capital) intacta. Cualquier consumo de capital, hecho por el hombre o natural, debe ser sustraído en el cálculo de la renta”.



Resulta fácil ver a que problemas nos enfrentamos si queremos alcanzar esa escala óptima. En primer lugar, para postular la existencia de un mundo lleno es suficiente que algunos límites se alcancen. La Ley del mínimo deLiebig nos ilustra perfectamente la situación. Se suele decir que una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil. En realidad, los factores limitantes también pueden ser por exceso, en un ecosistema se puede producir una alteración grave no sólo por la escasez, por ejemplo, de un determinado nutriente, sino también por haber una cantidad excesiva. Desde un punto de vista de un sistema termodinámico cerrado, sin intercambio de materia apreciable con su entorno y un flujo de energía constante, el factor limitante puede ser la escasez de exergía por agotamiento de ciertas fuentes no renovables o, el exceso de residuos que no pueden ser reciclados por el capital natural del que disponemos al ritmo que los generamos. No obstante, no conocemos todos los límites ni como se interrelacionan los diferentes elementos del sistema, donde el todo es mucho más que la suma de sus partes.


En segundo lugar, no estamos ante un lienzo en blanco donde, como en un laboratorio, podamos tantear y experimentar las mejores soluciones. Tenemos unas estructuras sociales complejas y unas instituciones que se deben adaptar a situaciones para las que no fueron creadas. La idea de que el mundo debe ser administrado como una nave espacial resulta absurda para la mayor parte de la gente. El crecimiento del producto es el credo mayoritario y, los recursos siempre van a estar ahí, aunque algunos se agoten otros nuevos tomarán el relevo. Hemos depositado una fe ciega en la capacidad del mercado para asignar eficientemente. Esa fe nos la ha proporcionado la ciencia económica que diseña fabulas que nos explican como a través de la oferta y la demanda podemos alcanzar una asignación eficiente. Se nos explica que es posible que el mundo real no sea como las fábulas, pero estas contienen los elementos esenciales para que el sistema funcione, sólo causas exógenas pueden alterar el equilibrio que le es innato. Además no debemos preocuparnos, pues si dejamos actuar libremente al mercado el equilibrio retorna por si mismo.

Sin embargo, esas fábulas nada tienen que ver con la realidad y, los desequilibrios no son fruto de causas exógenas, sino que el propio sistema. Baste mencionar el reciente Best-seller "Le Capital au XXIe siècle" de Thomas Piketty sobre la desigualdad para darse cuenta de alguno de esos desequilibrios estructurales.

Centrándonos en los recursos se plantea un grave problema que se ha descrito en el Programa para una Gran Transformación:

El paradigma neoclásico afronta la gestión de los recursos desde el punto de vista del mercado como asignador eficiente. Sin embargo, es bien conocida la existencia de los fallos de mercado, por ejemplo, un monopolio natural debido a las altas barreras de entrada es un caso arquetípico de supresión de la competencia. Pero existen más fallos de mercado que afectan de forma crucial a la gestión de los recursos naturales. Se considera que existe un fallo de mercado cuando no existen instituciones que establezcan, definan e impongan derechos de propiedad o por sus características no haya la competencia que requiere el mercado. El mercado necesita derechos de propiedad bien definidos y que los bienes sean rivales, que el consumo o uso por parte de alguien excluya su consumo o uso por parte del resto, es lo que se define como rivalidad. Ninguno de los recursos naturales cumple con ambas condiciones, y además existe el factor temporal, que empeora la situación al considerar a las generaciones futuras. El ejemplo típico de la falta de definición de los derechos de propiedad es la “tragedia de los comunes” aunque los “commons” eran una propiedad colectiva perfectamente regulada, totalmente alejada de cualquier “tragedia”. En realidad, se refiere a los recursos con libre acceso, por ejemplo la pesca, donde no existen instituciones que puedan imponer unos derechos de propiedad definidos. La tragedia significa que las decisiones individuales basadas en el propio provecho no producen el bien común, sino todo lo contrario.

Es importante destacar lo que ocurre cuando existe un conflicto entre los mercados y los bienes públicos, aquellos en los que no puede haber exclusión y no son rivales. Siguiendo un ejemplo de Daly y Farley (2004) consideremos la situación en la que aparceros brasileños son expulsados de las tierras donde trabajan en productos para el mercado local por el terrateniente, que piensa dedicar sus tierras a la explotación de un producto como la soja destinado al mercado internacional y que es altamente mecanizable. La mejor opción disponible es convertirse en colonos en la Amazonía, donde talarán un trozo de tierra, vendiendo la madera y, posteriormente, se dedicarán a su explotación agrícola. Ambas actividades son de mercado y pueden ser cuantificadas por su valor monetario y descontadas a su valor actual. Sin embargo, los servicios producidos por la selva amazónica a nivel, local, regional y global, son bienes públicos sin mercado, no tiene valoración. Existen intentos de cuantificación, sin embargo, son vanos pues el valor asignado depende de nuestros conocimientos limitados y, lo que es peor, son una función no-lineal que depende de cuantos sean los desplazados para calcular su impacto. Desconocemos el punto a partir del cual las consecuencias pasan a ser catastróficas, sólo podemos saberlo en retrospectiva. Desde el punto de vista del colono su comportamiento vendiendo la madera y cultivando la tierra es completamente consistente con un comportamiento económico estándar. Desde el punto de vista global, las pérdidas, aunque no cuantificadas, superan con mucho el beneficio individual, pero no hay mecanismos que permitan la compensación. El choque de los bienes públicos con el mercado nos conduce a una situación de empobrecimiento por destrucción del capital natural. Desde el punto de vista económico se reflejará en un aumento del PIB.”

Cuando el mercado intenta gestionar bienes que no cumplen con los requisitos necesarios su papel es, cuanto menos, mediocre. Si se trata de bienes públicos, simplemente no juega ningún papel, por escasos que sean el mercado no nos alertará y el teórico mecanismo de sustitución no actuará.

En este blog se ha comentado de forma reiterada que el fundamento último de la iglesia del crecimiento es el postulado de la sustituibilidad casi perfecta entre capital natural y capital hecho por el hombre y, se ha explicado que no se sostiene. En definitiva, la producción tal como la entiende el paradigma neoclásico sólo es posible en el Jardín del Edén.

Principios para el diseño

Daly y Farley parten requisitos filosóficos previos para que los principios puedan funcionar:

- Existen alternativas reales (no-determinismo)
- Hay estados del mundo que son mejores que otros (no-nihilismo)

Comentar que el primer requisito no suele ser aceptado, el imperialismo económico ha creado la sensación que no existen alternativas, tal como explicitaba la celebre frase de Margaret Thatcher: “There is not alternative”. Además, el principio hedónico sobre el que se basa toda la construcción neoclásica de la utilidad también puede ser resumido por otra celebre frase de la política británica: “There is not such thing as society”. Tal vez, este último es el que más firmemente está fijado en las ideas de la mayoría cuando se habla de economía como un mundo habitado por homos economicus en que el la persecución del interés propio trae, necesariamente, el bien común.

Los seis principios que proponen son los siguientes:

1- La política económica tiene siempre más de un objetivo. Cada objetivo político independiente se requiere un instrumento de política independiente.

La concepción de este principio corresponde al primer Premio en Economía del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel Jan Tinbergen. Por ejemplo, si aumentas mediante un impuesto el precio de la energía, para manifestar la escasez que el mercado no consigue reflejar debido a los fallos de mercado, perjudicas a los más pobres. Si quiere reducir el consumo de energía en busca de una mayor eficiencia y racionalidad en su uso, no lo puedes utilizar para reducir la pobreza. Para eso se puede utilizar un instrumento como Renta Básica.

El primer instrumento está encaminado a determinar la escala, el segundo la distribución. Una vez establecida la escala y la distribución es posible llevara a cabo la asignación. En el caso que se cumplan los requisitos de rivalidad y exclusión el mercado ejerce su magia.

La economía ecológica, en contraste con la economía tradicional, tiene una jerarquía de prioridades radicalmente diferente. Primero la escala, después la distribución y, finalmente la asignación. Las primeras requieren macro-asignación, la última micro-asignación como explicaremos a continuación.

De este primer principio se deriva que cada unos de estos grandes objetivos requerirá instrumentos independientes para su consecución.

2- Las políticas deben luchar por conseguir el debido grado de macro-control con el mínimo sacrifico de libertad en el nivel micro y permitir la máxima variabilidad.

Por ejemplo, se puede establecer un tope máximo de emisiones per cápita pero no todo el mundo emita el promedio calculado, siempre que el máximo no se sobrepase. Los mercados pueden proveer esa capacidad a nivel micro pero son totalmente incapaces de proporcionar macro-control.

Existen diseños de programas “cap and trade” o “cap and share” muy interesantes que proveen los incentivos necesarios para establecer un limite y proporcionar la medidas de gestión. Por ejemplo, el programa TEQs (Tradable Energy Quotas) es uno de ellos donde se combina la macro-asignación con la micro-libertad y variabilidad, en este enlace the Oil Crash se explica su funcionamiento.

3- Las políticas deben tener un margen de error cuando traten con el entorno biofísico.

Ya hemos comentado nuestro desconocimiento, que es en parte accidental y en parte esencial, de nuestro entorno biofísico. Por esa causa, los margenes de error deberían ser grandes entre nuestras mejores estimaciones de capacidad y nuestra demanda a los sistemas que sostiene la vida. Hay un problema crucial que pocas veces se tiene en cuenta y es que la reducción de los margenes de error van en detrimento de la democracia y de las libertades individuales y colectivas. Los sistemas que funcionan en sus límites sin margen de error requieren unos sistemas de orden y disciplina incompatibles con cualquier sistema democrático. La reducción del espacio de decisión democrático es algo que todos hemos podido experimentar. La globalización supone, entre otras cosas, buscar el crecimiento a través de la explotación de los flujos que proporcionan los bienes públicos de libre acceso, la conocida como Tragedia de los Comunes, supone una merma constante de la democracia, el trilema de Dani Rodrik es un reflejo de esa cuestión.

4- Las políticas deben reconocer las condiciones iniciales desde las que partimos

Aunque este principio pueda generar gran controversia, existe un hecho incontrovertible, existe un punto de partida que queremos transformar. Hacerlo mediante reformas o de forma revolucionaria es un debate que siempre existirá. El gradualismo parece la manera más innocua de afrontar las situaciones sin levantar excesivas ampollas. Pero debe reconocerse que en la práctica gradualismo se convierte en un eufemismo para no hacer nada.

En el actual sistema capitalista existen dos instituciones que se erigen por encima de cualquier otra, el sistema denominado de mercado y la propiedad privada. Estas instituciones conviven con la propiedad pública y la regulación gubernamental, una convivencia en ocasiones difícil e inestable. Todos los países democráticos consideran límites a las instituciones capitalistas fundamentales, aunque hay quien opina que la única labor del Estado no es limitarlas sino protegerlas ya que cualquier interferencia perturba ese equilibrio quimérico que se convierte en una distopía, al menos para la inmensa mayoría de la población.

Si realmente es posible englobar estas instituciones en una economía en estado estacionario está por ver, pero hay muchos países que al menos nominalmente tienen establecidos límites y en otros, donde esos límites se han ejercido con mayor o menos intensidad.

5- Las políticas se deben poder adaptar las condiciones cambiantes.

Si tenemos en cuenta lo expresado en el tercer principio y, dada la variabilidad que es propia de los sistemas complejos, este principio se podría considerar como su corolario lógico.

Además, huelga decir que la aplicación de principios teóricos que funcionan bien sobre el papel fracasan en la realidad simplemente porque muta o, porque los efectos colaterales que se han despreciado son realmente importantes.

6- Las unidades de decisión de la política económica deben ser congruentes con el dominio de causas y efectos que tiene por objetivo.

Desde mi personal punto de vista, este es el meollo de la cuestión. Aquí convergen todos lo debates que cualquiera de los anteriores principios plantea.

Daly y Farley proponen el conocido principio de subsidiaridad, es decir, los problemas deben ser tratados por la unidad de decisión más pequeña que incluya el dominio de causas y efectos. O en otras palabras, los problemas deben ser tratados por instituciones cuyo dominio de decisión coincida o más se aproxime a la escala del problema.

Parece claro que lo ideal sería tener instituciones que lidiaran con los problemas que se presentan en su dominio. No obstante, hemos reiterado la complejidad del sistema, sus interacciones y su dinamismo. En cuanto intentamos delimitar es probable que efectos colaterales de problemas locales tengan ramificaciones regionales o globales. La recogida de basuras y residuos puede ser en principio un problema local hasta un cierto punto, ya que determinados contaminantes tienen efectos más allá del ámbito de decisión local.

En cualquier debate que nos planteemos el problema del ámbito de decisión surge por doquier y, las discusiones acaban girando sobre la imposibilidad de implantar políticas excepto que tengan un alcance más amplio ya que existe un efecto “free-raider” lo que nosotros hacemos otros lo deshacen o se aprovechan sin ningún sacrificio. ¿Cómo vamos a implantar determinadas políticas de ahorro si nuestro ahorro significa una menor demanda que otros llenarán consumiendo lo que dejamos de consumir?.

Nadie puede negar que los retos son enormes, que el sólo paso de reconocer la necesidad de una escala óptima y la existencia de un crecimiento anti-económico resulta extremadamente difícil.

No obstante, el acuerdo en los principios que permitan diseñar y proponer políticas efectivas para la transformación es imprescindible.

Objetivos y jerarquía

Para la economía ecológica existen tres objetivos básicos que tienen una jerarquía.

1. Tantear la escala óptima, sostenible en el sentido de la renta de Hicks. Indudablemente sería estupendo tener un modelo dinámico que nos permitiera determinar la escala óptima, pero eso sería una distopía y impediría la adopción cualquier medida.

2. Aplicar la justicia distributiva, que es una cuestión puramente normativa, alejada de cualquier regla pretendidamente objetiva. Además, en un mundo sin crecimiento del producto no se puede “vender” el crecimiento como el bálsamo de Fierabras que todo lo cura. El empeño en el crecimiento y el “trickle down” es de carácter puramente ideológico. Incluso dentro del propio paradigma existe un resquebrajamiento creciente que solicita medidas cuasi revolucionarias para establecer un máximo de desigualdad sopena de acabar con el propio sistema.

3. La asignación que con las restricciones impuestas por la escala óptima, macro-asignación, y la distribución actuaría a través del mercado. Sólo en ese momento, a diferencia del paradigma vigente, es posible una asignación eficiente, en el sentido de sostenible. Sería una economía que reduce el flujo de transformación y máximiza la conservación del capital hecho por hombre y del capital natural, que considera como complementarios.

El problema de la escala consiste en primer lugar en determinar que recursos son escasos y por ende valiosos por lo deben ser conservados. Quienes los poseen y como se reparten es una cuestión de distribución que no sólo afecta a las generaciones presentes sino también a las futuras. Los sistemas de “cap and trade” pueden ser instrumentos válidos y adaptables para esas políticas.

En realidad, el objetivo de estos sistemas es hacer que bienes y servicios que no cumplen con la condiciones para ser de mercado (rivalidad y exclusión) se conviertan en bienes de mercado, pero donde previamente se ha establecido una escala (cap) y una distribución ya que se asignan derechos de forma justa sin tener en cuenta la distribución previa de la riqueza. Sin embargo, no siempre es posible convertir todos los bienes y servicios en algo tratable por el mercado lo que nos obligará a soluciones diferentes.

En este punto, debe hacerse una precisión importante. Suponiendo que existe una asignación paretiana óptima si cambiamos la distribución de riqueza quedará automáticamente alterada. No podemos establecer un límite o alterar la distribución de riqueza (asignando derechos de propiedad a bienes que hasta ahora no tenían valor de intercambio) sobre la base de los precios relativos que corresponden a otra distribución de riqueza. Eso implica un razonamiento circular, porque los precios pasan a depender de la escala y la distribución.

Primero, se debe determinar la escala mediante la imposición de restricciones cuantitativas, si un bien es libre no tiene sentido su distribución. Posteriormente la distribución de esa riqueza, en forma de capital natural, que pertenece a todos los seres humanos y finalmente la asignación eficiente que corresponde a los mercados en aquellos bienes a los que se pueda aplicar su lógica. Como los precios obtenidos tienen en cuenta la escala y la distribución serán sostenibles.

Es cierto, que la mera asignación de ciertos derechos sobre bienes o servicios no son de mercado muy posiblemente no sea suficiente para limitar la desigualdad que en una economía en estado estacionario requiere que se mantenga dentro de un cierto rango. Esto no es en absoluto una idea radical, hemos de pensar que en el período posterior a la SGM, en los países donde menos desigualdad había, existían y, en muchos caso, existen elevados impuestos sobre las rentas (reales no nominales), lo que contribuía grandemente a su desarrollo.

Los límites cuantitativos y los criterios de distribución son elecciones normativas que debería reflejar los valores de justicia social y sostenibilidad. Apuntar que son igual de normativas como el compromiso del paradigma neoclásico con la propiedad privada o la optimalidad de Pareto.

El hecho distintivo principal del paradigma neoclásico es el hedonismo y el individualismo como criterios rectores. Cabe mencionar que está postura tan separada de la realidad social comporta unos problemas insolubles en forma de falacias de agregación. Esto no es una mera opinión, sino una constatación que se deriva de las propias hipótesis que utilizan para la construcción de sus modelos. En este caso, han sido los propios economistas neoclásicos los que han demostrado esa inconsistencia, aunque no han sacado o no han querido sacar las conclusiones que de ello se derivan supongo que a la espera de un nuevo paradigma (Khun).

Pero volvamos al problema de la escala que hemos considerado el primordial. La cuestión que se nos plantea es la forma más efectiva para imponer los límites necesarios. En el lado de los recursos de baja entropía o en el control de los residuos de alta entropía. Si desechamos la idea neoclásica de describir a un ser vivo sin boca ni ano ¿Cómo podemos controlar mejor su tamaño?.

En el caso del ser vivo la respuesta parece obvia, también en el caso de la escala de la economía, ya que los lugares donde se extraen y explotan los recursos son mucho más fáciles de controlar que el vertido de residuos, es un simple problema de extensión. No obstante, debemos apuntar a que no todos los procesos de transformación tienen el mismo impacto en contaminantes aún utilizando recursos similares, la tecnología no es neutra, todo lo contrario. Por eso, en determinados casos puede ser necesario un control adicional del otro extremo de la transformación, los residuos.

En todo caso, en aplicación del primer principio de la termodinámica, la reducción del flujo de entrada se ha de traducir en una reducción del flujo de salida en forma de residuos de alta entropía.

Límites cuantitativos y precios

Pero como establecemos el límite ¿a través de los precios o limitando las cantidades?. Parece que si tenemos un curva de demanda que hace corresponder precios con cantidades fijando cualquiera de ellas estamos determinado la otra magnitud.

Por ejemplo, mediante impuestos podemos aumentar el precio de forma que el mercado nos determinará la cantidad de equilibrio para ese nuevo precio. Sólo hemos de determinar cual es el precio para la cantidad límite que es nuestro objetivo. También podríamos fijar la cantidad límite y dejar que el mercado estableciera el precio. Está claro que lo primero que necesitaríamos es conocer cual es la curva de demanda y eso parece fuera de nuestro alcance. No sólo es un problema de incertidumbre sino que si imaginamos una curva de demanda como la de los libros de texto con pendiente negativa (si aumenta el precio disminuye la cantidad), tenemos que revisar nuestras bases teóricas. Sólo es posible obtener una curva de demanda agregada de tal forma (pendiente negativa) bajo condiciones tan restrictivas e irreales que no son de ninguna utilidad (teorema de Sonnenschein-Mantel-Debreu). La condición se resume en que haya un solo consumidor (un agente representativo) que ante aumentos de su renta mantenga constantes sus hábitos de consumo, de está manera tan increíble se salva la falacia de composición que aqueja a la curva de demanda agregada.

La economía ecológica aboga por la fijación de la cantidad mediante cuotas que es en realidad la magnitud física que determina la escala, no el precio.

El paradigma neoclásico afronta el problema, cuando lo hace, de una forma radicalmente distinta ya que postula que no existe complejidad (información perfecta sin costes de transacción) siendo, en consecuencia, capaz de medir las externalidades, a las que reduce el problema para una correcta asignación. En consecuencia, la correcta asignación se puede alcanzar mediante impuestos que internalizan los costes y, de esta manera, se ponen en funcionamiento los mecanismos de sustitución que estaban inhabilitados por los fallos de mercado. El siguiente enlace del Fondo Monetario Internacional es un fiel reflejo de está aproximación en el que no se renuncia al crecimiento ilimitado mediante el cambio tecnológico, al que estos impuestos ayudan a través de revelar escaseces que el mercado por si mismo no refleja. Sin embargo, más allá de otras consideraciones, una economía en crecimiento requiere necesariamente un continuo manejo de los precios relativos a través de los impuestos. En contraste, la fijación de cuotas hace que la oferta sea infinitamente inelástica, sin que pueda haber un aumento simultáneo de precios y de consumo, sólo de precios. Se trata, por lo tanto, de un sistema más directo y transparente.

Sin duda, problemática será la distribución de la propiedad de los nuevos activos que hemos convertido en escasos o, en relativamente más escasos. Mientras que los derechos de propiedad de la mayoría de recursos están asignados, no ocurre igual con los servicios que proporciona el capital natural, como la capacidad de absorción de residuos. En términos generales, podemos considerar que las fuentes de recursos ya tienen derechos de propiedad asignados y los vertederos de los residuos no. Controlar el flujo de recursos tiene mucho más impacto en los derechos de propiedad que controlar los vertederos. Si queremos minimizar el impacto tal como establece el cuarto principio, las actuaciones se encaminan hacia el control de los residuos. Sin embargo, controlar los residuos es lo mismo que hacer una presa en el punto más ancho del río.

Pero hemos de tener en cuenta que existen diferentes sistemas de propiedad privada. Por ejemplo, en España la propiedad de un terreno donde existe un recurso en el subsuelo no pertenece la propietario, aunque le son reconocidos ciertos derechos. En definitiva, aunque hablemos a nivel global de propiedad como un derecho monolítico, se trata en realidad de un conjunto de derechos. En todo caso, limitar el ritmo de explotación de un recurso no renovable no significa que el propietario no tenga derecho a la retribución que le corresponde por su cuota, sólo se le ha expropiado el derecho a decidir el ritmo de explotación. De hecho, existen multitud de regulaciones estatales existentes que limitan la propiedad privada. Aunque algunos consideren que en lo suyo pueden hacer lo que quieran eso no es cierto ni siquiera en los Estados más liberales.

Lo que es cierto, es que hasta al fecha las tímidas política implantadas, son mayormente indicativas e intentan construir la presa en la parte más ancha del río.

Señalar que las políticas encaminadas al encarecimiento de determinados productos energéticos, como la propuesta como el FMI a través de impuestos, o mediante derechos de emisión sólo son compatibles con el crecimiento si es cierta la hipótesis de la sustituibilidad. Si el capital natural es complementario del capital hecho por el hombre, como creen los economistas ecológicos y creo que ha sido desmostado más allá de toda duda (Jardín del Edén) la limitación del capital natural significará una limitación del capital hecho por el hombre. Esto también es una explicación de porque las propuestas significan una claudicación del paradigma neoclásico, al requerir a un regulador externo, es decir, un planificador omnisciente que solucione el problema de los bajos precios relativos. Añadir, que la raíz del problema es que el precio del recurso no renovable, como el petroleo, no informa sobre la escasez de las reservas finitas sino de la capacidad de extracción que está directamente vinculada y al tipo de descuento aplicado como se explica en otro fragmento del “Programa para una gran Transformación” en su apartado de gestión prudente de los recursos:

Las asunciones básicas del paradigma neoclásico son: maximización del interés propio; y el criterio de Pareto como un sistema “objetivo” de asignación. Con esas premisas los intereses de generaciones futuras se tratan con el instrumento del descuento de flujos para obtener el valor neto actual y realizar las comparaciones pertinentes con las alternativas. La citada operación tiene un sesgo contrario a cualquier criterio de sostenibilidad, cuanto más alto el tipo de descuento peor, en el sentido de la renta de Hicks antes citada. El descuento valora sistemáticamente los beneficios y costes futuros menos que los presentes. 1.000 € ahora tienen un valor mayor que 1.000 € en el futuro, cuando más lejano sea el futuro menor será su valor presente. La razón es que hay un coste de oportunidad, puedo invertir 1.000 € ahora con una cierta rentabilidad. Este criterio del descuento es el que subyace en la regla de Hotelling, no confundir con la ley de mismo autor, que concluye que en competencia perfecta el precio de los recursos no renovables debe aumentar acompasadamente con el tipo de interés de mercado en cada momento.

Sin embargo, los precios de los combustibles fósiles no muestran el citado comportamiento. En el caso del petróleo, la serie histórica muestra, en el largo plazo, una gran estabilidad a precios constantes. En primer lugar, los mercados de los combustibles fósiles están lejos de ser un mercado en competencia perfecta. En segundo lugar, los precios no reflejan la escasez de los recursos en su estado natural, sino la escasez o abundancia de lo que hemos extraído que depende de nuestra capacidad de extracción. Como se suele afirmar respecto al crudo, lo relevante no es el tamaño del barril sino del grifo. Si tenemos un precio relativamente bajo del recurso se incrementará su ritmo de extracción, pues la lógica económica nos indica que la mejor opción es venderlo e invertir el beneficio obtenido en las alternativas con mayor rendimiento. Además el precio bajo rompe el estímulo de la sustitución, mediante el uso de tecnologías alternativas y, por el contrario fomenta las actividades complementarias, lo que abunda en el agotamiento del recurso.

De lo anterior deducimos que es más efectivo limitar la cantidad en la fuente, pero tropezamos con el problema de los derechos de propiedad previamente asignados. Por otro lado, la utilización de sistemas “cap and trade” o “cap and share” parecen más efectivos que los sistemas impositivos para establecer un límite efectivo al flujo de recursos. No obstante, los impuestos tienen una enorme ventaja siguiendo el principio 4, los sistemas fiscales y sus correspondientes instituciones están mucho más desarrolladas y permiten una implantación más rápida en una primera etapa.

Resdistribución

La actual distribución de riqueza, es decir, de los derechos de propiedad es la cuestión más delicada que se debe afrontar en un mundo que se define como sostenible y, por lo tanto, tiene en cuenta a las futuras generaciones. Si pretendemos una redistribución, ya sea creando nuevos activos valiosos, ya sea limitando los derechos de propiedad existentes estamos cuestionando el punto de partida. Sin embargo, no nos llevemos a engaño, porque una de las funciones esenciales de la política es crear, mantener, transformar y redistribuir los derechos de propiedad.

A diferencia de la rivalidad que es una propiedad física, la exclusión depende del ejercicio de los derechos de propiedad que sólo se pueden ejercer si existe una institución social que lo ampare y permita. Sabemos que no siempre es posible asignar derechos de propiedad o que asignados son difíciles de ejercer (por ejemplo la propiedad intelectual).

Un derecho de propiedad lo es en tanto en cuanto impone el deber y la obligación a otros miembros de la comunidad de respetarlo o enfrentarse a las consecuencias de no hacerlo. Sin embargo, ese derecho, o mejor conjunto de derechos no se ejerce en el vacío. Las leyes me pueden imponer obligaciones o limitaciones a la propiedad. Existe, por consiguiente, una relación a tres bandas, el propietario, el resto de la sociedad y el estado o institución que autoriza y permite el ejercicio de los derechos y obligaciones que son inherentes a la propiedad.

Si no hay derechos de propiedad puede existir el privilegio. Si el aire no tiene derechos de propiedad yo puedo contaminarlo tanto como quiera ya que los demás no pueden ejercer sus inexistentes derechos contra mi.

En un mundo vacío, donde los impactos globales son reducidos, aunque pueda haber impactos locales, la necesidad de limitar el privilegio de unos en detrimento de otros no tiene la misma relevancia, que en un mundo lleno, donde los impactos negativos se multiplican afectando a gran número de personas en diferentes ámbitos de decisión. Cuando los costes sobre los demás se hacen muy importantes es necesario imponer limites. En un sistema que medra con el crecimiento sin contabilizar los costes que impone a los demás la globalización es una bendición. Mediante la globalización puedo buscar lugares donde esos límites no se impongan, donde sea más fácil controlar los gobiernos deseosos del maná del crecimiento económico a cualquier precio. En especial, porque el reparto de costes y beneficios es asimetrico, favorece en gran medida a las élites locales e impone fuertes costes a la gran masa de la población. De esa forma, mato dos pájaros de un tiro, mediante la movilidad de capitales deslocalizo la producción y obligo a los países más desarrollados, generalmente democráticos, a relajar los controles para competir. Consigo pervertir el sistema, de forma que de un ser humano un voto pasemos a un dólar, euro, yen o una libra un voto. Lo que decidan los electores queda en agua de borrajas ante una realidad que impone tales límites de forma que las elecciones democráticas quedan capitidisminuidas. El romper ese circulo vicioso es esencial, pues sin la capacidad de ejecutar políticas es imposible transformar la realidad.

Finalmente, señalar que los derechos de propiedad no tienen porque ser necesariamente privados y, que algunos o todos ellos se pueden segregar. También puede suceder que el ejercicio individual del derecho sea completamente imposible o tenga un coste desproporcionado.

Por otra parte, aunque el ejercicio individual sea difícil o imposible no sucede lo mismo si los derechos se ejercen colectivamente ya sea mediante una propiedad común, ya se a través del estado. El que la economía neoclásica rechace de inicio cualquier consideración sobre otras formas de propiedad sobre la base de la idea proveniente de Locke de que la propiedad es un derecho natural pre-existente a la sociedad y al estado: “The reason why men enter into society is the preservation of this property” es a la luz de nuestros conocimientos actuales tan absurda como la fábula del trueque tan querida por los economistas clásicos como explicación para la creación del dinero.

Acabar con el “achique de espacios”

El diseño de políticas para la transformación requiere que acabemos con el “achique de espacios” que el imperialismo económico significa y, reconquistemos parcelas de poder que, especialmente, desde los años 80 del siglo pasado se han convertido en dogmas de fe de la iglesia del crecimiento indefinido.

En cualquier caso, cualquier sociedad debe alcanzar un amplio consenso en temas éticos, sociales, políticos así como las instituciones reguladoras, algo que podríamos denominar con cierta laxitud el “contrato social”. Sin embargo, el imperialismo económico ha permitido reducir el campo de ese contrato a dimensiones mucho más reducidas de lo que fue en otros momentos, bajo un falso velo de positivismo, libre de valores, que tiene efectos devastadores sobre la sociedad.

El reto es colosal, pero la necesidad lo es aún más. No se puede ocultar que las políticas que podamos diseñar siguiendo estos u otros principios tienen una inevitable componente de intento y error. En todo caso, siempre que seamos capaces de sacar las conclusiones adecuadas podremos avanzar en el cambio de rumbo, pero nuestro problema principal es que el tiempo se agota.